El Super Bowl del 8 de febrero no solo coronó a un campeón de la NFL en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California. También quedó inscrito en la historia cultural de Estados Unidos cuando Bad Bunny tomó el escenario del show de medio tiempo y lo transformó en algo más que un espectáculo: una declaración de identidad latinoamericana frente a decenas de millones de espectadores alrededor del mundo.

En un evento tradicionalmente dominado por el pop anglosajón, el “Conejo Malo” irrumpió con una propuesta que mezcló música, narrativa visual y un discurso social claro. Acompañado por Lady Gaga y Ricky Martin, Benito Martínez llevó el español, el Caribe y la experiencia migrante al centro del mayor escaparate mediático del planeta.

Antes de que comenzara la fiesta, el protocolo marcó el pulso solemne del evento: Charlie Puth interpretó el himno nacional de Estados Unidos, Brandi Carlile dio voz a America the Beautiful y Green Day calentó motores en la antesala de uno de los espectáculos deportivos más vistos del mundo. Pero a las 19:15 horas, la conversación dejó de ser fútbol.

El escenario —diseñado como un recorrido simbólico por la vida migrante— funcionó como una pieza de arte performativo. Un laberinto de oficios, desde vendedores ambulantes hasta trabajadores de la construcción y maquillistas, dio paso a “La Casita”, una calle híbrida entre Nueva York y Puerto Rico, bodas populares y coreografías masivas que convirtieron el estadio en una celebración colectiva.

Durante poco más de 15 minutos, Bad Bunny sostuvo un mensaje claro: unión, amor propio y orgullo por las raíces. El arranque con “Tití me preguntó”, una de las canciones más esperadas del setlist, marcó el tono de un show que no dio tregua. Le siguieron himnos generacionales como “Yo perreo sola”“Safaera” y “Party”, ejecutados con precisión y una carga simbólica que iba más allá del baile.

Uno de los momentos más comentados llegó cuando, al interpretar “Voy a llevarte a PR”, el cantante cayó deliberadamente dentro de “La Casita”. El gesto reveló una escena íntima: una familia boricua viendo el propio show desde su sala, una imagen poderosa que resignificó ese escenario previamente criticado y lo convirtió en símbolo de hogar y pertenencia.

El guiño al reguetón clásico no pasó desapercibido. Un fragmento de “Gasolina” de Daddy Yankee encendió al público y alimentó rumores de una aparición sorpresa que nunca ocurrió, pero que dejó clara la línea de herencia musical que Bad Bunny reivindica.

Con “Monaco” llegó otra sorpresa: la aparición fugaz de Concho, la icónica rama-mascota de su álbum ganador del Grammy, dio paso a un escenario alterno donde Lady Gaga emergió para interpretar “Die With A Smile” junto a Benito, en una atmósfera caribeña inesperada. Más tarde, Gaga se sumó al pulso latino con sus pasos en “Baile Inolvidable”.

El momento boricua se expandió aún más con la entrada de Ricky Martin. 

Tras “Nuevayol” y un gesto simbólico al entregar un reconocimiento a un niño migrante —una versión infantil del propio Bad Bunny—, la cámara encontró al ícono puertorriqueño, quien interpretó “Lo que pasó en Hawái”, confirmando los rumores que circulaban desde horas antes del show.

La recta final elevó el discurso social. Mientras sonaba “El apagón”, bailarines caracterizados como electricistas reforzaron la narrativa de los oficios latinos, y Bad Bunny ondeó la bandera de Puerto Rico frente a un estadio en silencio atento. El cierre con “Debí tirar más fotos” trajo consigo una explosión visual: banderas de todos los países de América Latina inundaron el escenario, sellando el mensaje final del artista: América no es solo Estados Unidos, es un continente entero.

El impacto del espectáculo se amplificó por el momento que atraviesa la carrera de Bad Bunny. En 2026, el puertorriqueño hizo historia al ganar el Grammy a Álbum del Año, convirtiéndose en el primer artista de habla hispana en lograrlo. Sus discursos críticos contra las políticas migratorias y en defensa de los derechos de los inmigrantes ya habían colocado su figura en el centro del debate cultural.

Como era previsible, la presentación no estuvo exenta de polémica. Sectores conservadores cuestionaron el énfasis en la cultura latina y los mensajes sociales, mientras que una mayoría celebró la inclusión del español y del Caribe en uno de los escenarios más influyentes del mundo. Para críticos y especialistas, el consenso es claro: el medio tiempo de Bad Bunny no fue solo un show, fue un punto de inflexión.

Más que música, el Super Bowl presenció una convergencia inédita entre espectáculo, identidad y política cultural. Y en esos 15 minutos, Bad Bunny no solo cantó: reescribió las reglas del juego.