Lo que parecía un terreno más en el trazo del Tren de Pasajeros Ciudad de México–Querétaro terminó por abrir una ventana inesperada al pasado. Debajo de la tierra removida durante excavaciones arqueológicas en la comunidad de Ignacio Zaragoza, en Tula, Hidalgo, surgieron antiguos entierros, tumbas semejantes a las de tiro y vestigios que hoy permiten reconstruir cómo vivían —y cómo despedían a sus muertos— los habitantes vinculados al esplendor de Teotihuacan.
El hallazgo, encabezado por especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia, ha revelado más de una decena de contextos funerarios colectivos e individuales, algunos con restos de niños, jóvenes y adultos depositados hace casi dos milenios.
Una ciudad escondida bajo parcelas de cultivo
Desde septiembre de 2025, arqueólogos del Proyecto de Salvamento Arqueológico del Tren de Pasajeros han trabajado sobre una superficie de 2,400 metros cuadrados. Lo primero que llamó la atención fueron fragmentos de cerámica dispersos en la superficie, pertenecientes a épocas Coyotlatelco y Mexica.
Pero conforme avanzaron los sondeos, aparecieron muros, patios y habitaciones distribuidas con precisión, formando pequeños conjuntos residenciales orientados de norte a sur y de este a oeste. Todo indica que el sitio tuvo vida intensa durante las fases Tlamimilolpan y Xolalpan, en pleno auge teotihuacano, entre los años 225 y 550 después de Cristo.
El tiempo y el uso agrícola borraron gran parte de las construcciones originales. Muchas piedras fueron retiradas durante siglos para reutilizarse. Sin embargo, el subsuelo conservó algo todavía más valioso: las huellas de los rituales funerarios.
Las tumbas que sorprendieron a los arqueólogos
Dentro de antiguas habitaciones aparecieron cistas y cinco tumbas similares a las famosas tumbas de tiro. Estas estructuras poseen un conducto vertical que desemboca en cámaras funerarias excavadas directamente en el tepetate.
Una de las más impactantes contenía restos de ocho personas, acompañadas por 47 vasijas miniatura colocadas como ofrenda.
Los arqueólogos descubrieron que seis de los cuerpos fueron colocados en posición sedente, con piezas cerámicas acomodadas cerca de los pies. Además, el espacio funerario parece haber sido reutilizado varias veces: para depositar a nuevos individuos, removían parcialmente entierros anteriores.
Entre los objetos recuperados destacan pendientes elaborados con concha nácar y pequeños ornamentos ceremoniales que podrían aportar pistas sobre el estatus social o las creencias espirituales de quienes fueron enterrados allí.
Una región conectada con Teotihuacan
Especialistas consideran que Ignacio Zaragoza no debe estudiarse como un asentamiento aislado. La zona norte de Tula concentra diversos sitios arqueológicos vinculados con la expansión teotihuacana durante el periodo Clásico.
Entre ellos se encuentran Chingú, considerado un importante centro regional, además de El Tesoro, Acoculco, El Llano y La Malinche.
Incluso, investigadores sostienen que esta región pudo haber funcionado como una enorme fuente de materiales para Teotihuacan, especialmente de cal, indispensable para los estucados de sus monumentales edificios.
El pasado que reaparece con cada excavación
La secretaria de Cultura federal, Claudia Curiel de Icaza, destacó que estos descubrimientos demuestran cómo las obras de infraestructura también pueden convertirse en oportunidades para recuperar la memoria histórica del país.
Cada osamenta, cada vasija y cada cámara funeraria recuperada aporta nuevas pistas sobre la organización social, las costumbres y la visión del mundo de quienes habitaron esta región hace más de mil años.
Y mientras el futuro avanza sobre rieles, el pasado continúa emergiendo desde lo profundo de la tierra.