Cuarenta metros de cantera blanca de Tezoantla se levantan en el corazón de Pachuca desde hace 116 años, y su presencia sigue imponiendo el mismo ritmo a la ciudad: el de sus campanadas. El Reloj Monumental, esa torre neoclásica que cada visitante fotografía sin excepción, celebra este 15 de septiembre el aniversario de una inauguración que se pensó, desde el primer boceto, como una declaración de identidad.

La historia comienza con una decisión de arquitectura política: en 1910, en plena euforia por el Centenario de la Independencia, el arquitecto Tomás Cordero propuso construir un reloj público que evocara, sin disimulo, a la Torre del Parlamento de Londres. La ambición no se quedó en la fachada. La maquinaria del reloj fue fabricada por la misma casa relojera Dent que construyó el mecanismo del Big Ben, un dato que desde entonces alimenta la comparación —inevitable y algo desproporcionada— entre ambos monumentos. 

El proyecto tardó años en tomar forma. La maquinaria llegó a Pachuca antes de que la torre estuviera terminada, y tuvo que resguardarse primero en el templo de La Asunción y después en la Casa Rule, la residencia porfiriana que hoy alberga al Ayuntamiento de la ciudad. Para cerrar la construcción, se encargó una cúpula de lámina de cobre fabricada en la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, traída por ferrocarril y colocada apenas antes de la ceremonia. 

La noche de la inauguración fue, según los registros de la época, un despliegue de pompa porfiriana: bandas militares, un discurso oficial sobre el significado de la Independencia, el Himno al Estado de Hidalgo interpretado por escolares y hasta una obertura de Tosca antes de que el reloj diera sus primeras campanadas, a las 11 de la noche. La ceremonia contó con la presencia de Porfirio Díaz, entonces presidente de México, en un gesto que confirmaba el peso simbólico que la torre tendría desde su origen. 

Hoy, más de un siglo después, el Reloj Monumental ya no funciona solo como reloj: es punto de encuentro, es postal obligada y es, sobre todo, el ancla visual de la Plaza Independencia, rodeada de cafés y comercios que viven al ritmo de sus visitantes. Puede recorrerse por dentro, subir hasta su mirador y observar de cerca una maquinaria que, cada tercer día, todavía requiere cuerda manual para no perder la hora exacta.

Ciento dieciséis años después de aquella noche de 1910, la torre sigue cumpliendo la función para la que fue concebida: recordarle a Pachuca, campanada tras campanada, de dónde viene.