Durante más de cuatro siglos, la actividad minera convirtió a Hidalgo en una referencia mundial por su producción de plata, oro y otros minerales. Sin embargo, ese legado también dejó millones de toneladas de residuos que hoy forman parte del paisaje urbano de Pachuca y Mineral de la Reforma: los jales mineros.

A simple vista, parecen montañas de tierra. En realidad, son materiales finamente pulverizados que quedaron después de triturar y procesar la roca para extraer minerales como plata, oro, zinc y plomo. Con el crecimiento de las ciudades, varios de estos depósitos quedaron rodeados por viviendas, escuelas, vialidades y zonas comerciales.

El debate sobre su manejo cobró fuerza en 2004, cuando se planteó trasladar parte de estos residuos a Epazoyucan. La propuesta generó una movilización social debido al temor de los habitantes de que el municipio se convirtiera en un nuevo depósito de desechos mineros. La presión ciudadana logró que el proyecto fuera cancelado.

Más de dos décadas después, los jales permanecen en buena medida donde fueron depositados. La discusión, sin embargo, ha cambiado: ahora la ciencia busca determinar qué contienen, qué riesgos representan y si pueden tener un nuevo uso.

Metales pesados y dispersión de partículas

Un estudio publicado en 2019 por investigadores de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, la UNAM y la Universidad de Sevilla analizó la presa de jales Santa Julia, en Pachuca.

Los resultados identificaron un suelo con poca materia orgánica y baja capacidad para sostener vegetación. Además, se detectaron concentraciones elevadas de plomo y mercurio, así como niveles tóxicos de zinc.

Para los especialistas, uno de los principales riesgos se encuentra en la superficie descubierta de los depósitos. La falta de vegetación facilita que el viento levante partículas que pueden desplazarse hacia zonas habitadas.

La exposición prolongada a determinados metales pesados puede asociarse con afectaciones al sistema nervioso, los riñones y el hígado, así como alteraciones en el desarrollo infantil y otros riesgos para la salud, dependiendo de la concentración y el tiempo de exposición.

La presencia de estos elementos en el entorno urbano también ha sido abordada en investigaciones más recientes. En un proyecto encabezado por el investigador de la UAEH, Juan Carlos Gaytán, especialistas analizaron plumas de palomas como indicadores ambientales y detectaron cadmio, plomo y arsénico en ejemplares de Pachuca.

De acuerdo con los investigadores, el polvo procedente de los jales es una de las fuentes que debe considerarse, junto con las emisiones vehiculares.

La solución no necesariamente es retirar los jales

Aunque una de las primeras ideas podría ser trasladar los residuos, los especialistas advierten que retirar millones de toneladas de material no resolvería automáticamente el problema.

El movimiento de los jales podría generar una mayor dispersión de partículas si no se realiza bajo estrictas medidas de control. Por ello, investigadores de la UAEH han desarrollado alternativas enfocadas en mantener cubierta la superficie de estos depósitos.

En el caso de Santa Julia, los residuos mineros fueron mezclados con lombricomposta y abonos orgánicos para favorecer el crecimiento de plantas. La estrategia permitió mejorar las condiciones del suelo y reducir la erosión provocada por el viento.

Además, en algunas zonas se observó una disminución en la presencia de plomo, posiblemente relacionada con procesos naturales de absorción de las plantas.

La revegetación y el uso de pastos resistentes podrían convertirse así en herramientas para reducir la dispersión de polvo y disminuir la exposición de la población.

De residuo minero a material de construcción

La ciencia también explora una alternativa distinta: aprovechar los jales.

El investigador de la UAEH, Juan Hernández Ávila, ha desarrollado proyectos para estudiar su utilización como materia prima en la elaboración de blocks, ladrillos, tejas, adoquines, cerámica y vidrio.

El desafío consiste en transformar un pasivo ambiental que permanece desde hace décadas en un material útil, sin trasladar los riesgos de contaminación a nuevos espacios.

Los jales mineros representan, al mismo tiempo, la herencia de la riqueza que dio fama internacional a Hidalgo y uno de los retos ambientales más complejos que permanecen en su territorio. Ahora, la investigación científica busca que ese legado deje de ser únicamente un problema y pueda convertirse, bajo estrictos controles, en parte de la solución.